De la casa al taller



¿Quién te enseñó a coser?


La primera pregunta que me hacen.

Pues me enseñó la super talentosa mamá de mi amiga Melissa, Lala.

Con ella, a mis 31 años aprendí a usar la máquina de coser. Después de ahí volé.

Me enredé en mil hilos, agujas partidas y muchas telas bonitas. Salió la mamá de otra amiga al rescate para decirme que en Naranjito en la Extensión Agrícola iban a estar dando clases.

Allá llegué, con mis mil ideas, mis ojos atentos y corriendo antes de andar, volviendo loca a mi quierida maestra Edna. Y me puse a hacer, a leer, a investigar cómo era la cosa.

Más tarde, la intrépida y alegre costurera senior, maestra Walezka, me adoptó en su taller de moda y costura en Bayamón, buscando refinar mis destrezas. Después del huracán María, prendía su planta eléctrica para que yo practicara los proyectos. Ella me enseñó a coser a mano. Porque a esas alturas, aún yo no sabía coser un botón sin la máquina. Sinceramente, gracias a todas, no me da la vida para agradecerles. El resto ha sido aciertos y desaciertos.

Para mí, la costura es crear y tener la oportunidad de deshacer y remendar.

Es el momento de hilar obras de arte y también garabatos, muchos garabatos.

Hace un tiempo me contaba la tía de mi papá, Nelly, que sus padres tenían la franquicia de la Singer en Bayamón y que precisamente mi bisabuela Petra Ongay era quien enseñaba a coser a quienes venían a comprar las máquinas. Para mi fue toda una sorpresa llena de alegría. De repente una conexión fabulosa con una gran mujer a quien no llegué a conocer. Un lugar que no visité pero algo de ellos está en mí. Cuán orgullosa estaría abuela Petra de mi tallercito. Imagino se sentaría conmigo a enseñarme y a enseñar. Cuando preparo las máquinas y las aceito y cuando corto las piezas, cuando enseño a mis propios hijos a coser...

¡¿Y qué diría de las niñas y los niños que llenan de alegría el espacio?!

Pero de niñas y niños también te puedo contar.

Nadie me pregunta quién me enseñó a enseñar.

Mi mamá, Tata, fue maestra por 30 años en el Departamento de Educación (antes Instrucción Pública). Ella fue mi maestra de Estudios Sociales de escuela elemental. Con ella, del salón a la casa y de la casa al salón, aprendí a amar mi Isla, mi cultura y la educación.

Si hablo con pasión de lo que más me gusta, es porque la vi (y la veo) por tantos años hablar con pasión, alegría y llena de amor por sus estudiantes, entre los cuales, una de ellos, era yo.

Las vocaciones en la vida son así. Vienen enredadas en un nudo y te tienes que sentar en el piso a deshilar. Luego a tejer, coser, remendar. Una labor magnífica que durará todo el tiempo en que estés viva. Y si tienes suerte, enseñarás a otros a hilar.

Y a tí, ¿quién te enseñó a coser?






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